Eran más de las siete. Los últimos rayos de sol entraban al bar por una ventana lateral y, a su paso por la habitación, mostraban todas las motas de polvo que había en el aire; pues todavía no no estaban terminadas las obras del edificio anexo.
Solo quedaba una chica, ya que a estas horas el bar siempre estaba vacío. Estaba sentada en una de las mesas más próximas a la terraza, donde podía disfrutar de la puesta de sol; cuyos tonos anaranjados rebotaban en su pelo castaño, bañandola en un brillo encantador.
La chica tenía sobre la mesa un pequeño cuaderno de rayas, sobre el que escribía enérgicamente con una elegante pluma estilográfica.
En ese momento, la chica para de escribir. Se da la vuelta, y me mira.
Me perdí. Aquella mirada era encantadora. Era un torrente de emociones deseando salir.
Su color, azul intenso, brillaba como un pozo demasiado profundo, como una sima de cristal donde caer hacia el abismo...
Sí. Me miraba a mi. Y un segundo después de mirarme, vuelve de nuevo a sus papeles.
Yo pensaba en sus ojos, mientras miraba mi copa, centelleando a la luz del atardecer, con los suaves tonos del líquido ambarino que contenía y que, lentamente, embriagaba cada parte de mi ser.
Quizás fuese aquello lo que me nublase el pensamiento, pero en aquel momento supe que nunca olvidaría esa mirada,