He vuelto a entrar en el mismo espacio que estuve recorriendo a diario el último año.
Pero esta vez no estabas a mi lado.
Dejé libre a mi mirada y me permití el lujo de dejarla pasear por el vagón. Observando los detalles más inertes de todo aquello que me rodeaba, incluido el tenue reflejo que aparecía en el cristal, sombreado por la ausencia de luces del interior del túnel.
Me había puesto el gorro que tanto odiabas, del color que aborrecías con todo tu ser.
Me había pintado la cara con los suaves tonos de la felicidad.
Me había preguntado donde estaría mi reflejo.
En el séptimo vagón. Donde siempre estará y de donde nunca podrá salir.
lunes, 30 de noviembre de 2015
domingo, 29 de noviembre de 2015
Color ámbar, atardecer.
Eran más de las siete. Los últimos rayos de sol entraban al bar por una ventana lateral y, a su paso por la habitación, mostraban todas las motas de polvo que había en el aire; pues todavía no no estaban terminadas las obras del edificio anexo.
Solo quedaba una chica, ya que a estas horas el bar siempre estaba vacío. Estaba sentada en una de las mesas más próximas a la terraza, donde podía disfrutar de la puesta de sol; cuyos tonos anaranjados rebotaban en su pelo castaño, bañandola en un brillo encantador.
La chica tenía sobre la mesa un pequeño cuaderno de rayas, sobre el que escribía enérgicamente con una elegante pluma estilográfica.
En ese momento, la chica para de escribir. Se da la vuelta, y me mira.
Me perdí. Aquella mirada era encantadora. Era un torrente de emociones deseando salir.
Su color, azul intenso, brillaba como un pozo demasiado profundo, como una sima de cristal donde caer hacia el abismo...
Sí. Me miraba a mi. Y un segundo después de mirarme, vuelve de nuevo a sus papeles.
Yo pensaba en sus ojos, mientras miraba mi copa, centelleando a la luz del atardecer, con los suaves tonos del líquido ambarino que contenía y que, lentamente, embriagaba cada parte de mi ser.
Quizás fuese aquello lo que me nublase el pensamiento, pero en aquel momento supe que nunca olvidaría esa mirada,
Solo quedaba una chica, ya que a estas horas el bar siempre estaba vacío. Estaba sentada en una de las mesas más próximas a la terraza, donde podía disfrutar de la puesta de sol; cuyos tonos anaranjados rebotaban en su pelo castaño, bañandola en un brillo encantador.
La chica tenía sobre la mesa un pequeño cuaderno de rayas, sobre el que escribía enérgicamente con una elegante pluma estilográfica.
En ese momento, la chica para de escribir. Se da la vuelta, y me mira.
Me perdí. Aquella mirada era encantadora. Era un torrente de emociones deseando salir.
Su color, azul intenso, brillaba como un pozo demasiado profundo, como una sima de cristal donde caer hacia el abismo...
Sí. Me miraba a mi. Y un segundo después de mirarme, vuelve de nuevo a sus papeles.
Yo pensaba en sus ojos, mientras miraba mi copa, centelleando a la luz del atardecer, con los suaves tonos del líquido ambarino que contenía y que, lentamente, embriagaba cada parte de mi ser.
Quizás fuese aquello lo que me nublase el pensamiento, pero en aquel momento supe que nunca olvidaría esa mirada,
Oligarquía visual
A veces cometo el error de recordarte. De buscar en la oscura pantalla de mi memoria, proyectada en mis ojos cerrados, en mis párpados seniles cubiertos de polvo.
Me inquietas.
Reabres las heridas del fondo de mi alma. Heridas viejas ya cicatrizadas, que se abren a tu paso, por tu vieja y oxidada daga.
Me escondo en el deseo de encontrar otro rincón donde pueda perderme, en la calle más profunda de la ciudad de mis recuerdos, en la que habito desde que te fuiste.
Me perturbas.
Observas mi pasado, mi presente y mi futuro desde la comodidad de ser una persona ajena a mis circunstancias.
Pronuncias mi nombre sin vacilar, esparciendo las cenizas de cada letra por todos esos sitios que recorríamos, en un vulgar intento de reprimir tus emociones.
Me diviertes.
Espero cada dia el momento en el que jures que estas muerto, que por dentro no eres nada, salvo un montón de huesos.
Roídos, roídos por el viento.
Me inquietas.
Reabres las heridas del fondo de mi alma. Heridas viejas ya cicatrizadas, que se abren a tu paso, por tu vieja y oxidada daga.
Me escondo en el deseo de encontrar otro rincón donde pueda perderme, en la calle más profunda de la ciudad de mis recuerdos, en la que habito desde que te fuiste.
Me perturbas.
Observas mi pasado, mi presente y mi futuro desde la comodidad de ser una persona ajena a mis circunstancias.
Pronuncias mi nombre sin vacilar, esparciendo las cenizas de cada letra por todos esos sitios que recorríamos, en un vulgar intento de reprimir tus emociones.
Me diviertes.
Espero cada dia el momento en el que jures que estas muerto, que por dentro no eres nada, salvo un montón de huesos.
Roídos, roídos por el viento.
sábado, 28 de noviembre de 2015
La importancia de tener los pies en la tierra.
Vamos a preguntarnos por un momento si de verdad vamos a hacer justicia a lo que hacemos. A lo que alguien nos ha confiado para que lo llevemos a la vida, para nutrirlo de nuestras emociones, de nuestras ideas y de nuestros anhelos.
Tenemos la presión añadida de mantener un nivel. Un nivel que nos exigimos a nosotros mismos, que nos ponemos nosotros mismos. Todo por no caer ante los demás.
Bajas a la calle y, sin apenas mirar alrededor, te metes en tu mundo extrasensorial, aunque siempre dependiente del sonido.
Menospreciando las cosas que nos rodean fortalecemos nuestras adicciones.
Un cigarro, una canción, un pie detrás del otro.
¿Hasta que punto somos capaces de ceder?
Lo primero por lo segundo, lo segundo por lo tercero.
Un pie detrás de otro.
Una canción detrás de otra.
Un cigarro detrás de otro.
Me consumo en mis recuerdos, empezando por los pies.
Tenemos la presión añadida de mantener un nivel. Un nivel que nos exigimos a nosotros mismos, que nos ponemos nosotros mismos. Todo por no caer ante los demás.
Bajas a la calle y, sin apenas mirar alrededor, te metes en tu mundo extrasensorial, aunque siempre dependiente del sonido.
Menospreciando las cosas que nos rodean fortalecemos nuestras adicciones.
Un cigarro, una canción, un pie detrás del otro.
¿Hasta que punto somos capaces de ceder?
Lo primero por lo segundo, lo segundo por lo tercero.
Un pie detrás de otro.
Una canción detrás de otra.
Un cigarro detrás de otro.
Me consumo en mis recuerdos, empezando por los pies.
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